jueves, 6 de enero de 2011

Un muerto del montón

El cadáver, en tres bolsas de plástico negro, decoraba la habitación número seis del hotel Royal. Era éste un local sucio, pobremente iluminado y peor ventilado, localizado en las márgenes del Centro Histórico.

Sitio de amores fugaces y habitual fumadero de crack.

—Este cuarto huele a mierda —comentó el agente Ramírez arrugando la nariz y lanzando un escupitajo.

—Ha de ser el baño —comentó un reportero de nota roja que había llegado al mismo tiempo que los bomberos.

—Qué baño ni qué nada, son las tripas de este asqueroso. Debería ser ley que la gente cague antes de morir; siempre que mencionan muertos pienso en moscas y en olor a caca —replicó Ramírez.

Al parecer el cuerpo había sido cortado a machete, aunque también era posible que hubieran utilizado un cuchillo eléctrico, una hachuela de cocina o incluso un serrucho.

Las posibilidades eran infinitas.

¿Y por qué me llaman a mí? tronó por teléfono el detective José Abel Rosanegra. Estoy hasta el queso de trabajo; llamen a Washington Chicas y no me chinguen.

Una muchedumbre apestando a sudor y perfume barato se aglomeraba frente al hotel, buscando una oportunidad de ver los ojos de la muerte sin tener que irse con ella.

El recepcionista del hotel Royal, un joven extremadamente delgado y pálido por la eterna falta de sol —casi un esqueleto con piel, quizá más drogo que los huéspedes—, había llamado a la policía y respondía las preguntas con aire impertinente, seguramente pensando en el trabajo de limpieza que le esperaba.

Afuera, un grupo de perros callejeros asediaba a una hembra en celo.


(Publicado en el libro de cuentos "Guatemala, Ciudad Matadero", editorial Alambiqve, diciembre 2010)

viernes, 17 de septiembre de 2010

15 de septiembre 2010

Me limitaré a citar a los españoles de Def Con Dos:
"Poco pan y pésimo circo".